| Ancianos, enfermos y pobres.- |
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| lunes, 17 de noviembre de 2008 12:09 | |
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Nuestro Vicario Magistral, Prelado Superior de los Caballeros de Devoción, junto con las Damas y Caballeros, hacen una gran labor social, tratando y mimando a los ancianos en Brasil, en Diciembre de inaugurará una Catedral que además será centro social para la comunidad, de esta forma la Orden Bonaria, tratará con unos 250 ancianos abandonados en las calles, además de la pobreza, está la enfermedad. Esta Catedral e sus servicios sociales, servirá para que lo jóvenes interactúen con los mayores, para que sirve de experiencia. Esperemos que sea la segunda de muchas misiones de trabajo con los necesitados La experiencia de la pobreza en la infancia y la adultez se agrava con la edad. Las personas que han padecido durante toda su vida una dieta deficiente, múltiples embarazos, inadecuados servicios de salud reproductiva y arduo trabajo físico, probablemente llegarán a la ancianidad padeciendo mala salud. La inevitable declinación física que acarrea el envejecimiento reduce la capacidad de cada persona para contribuir al hogar y seguir siendo económicamente autosuficiente. El envejecimiento de la población es una consecuencia inevitable de la transición desde altas hacia bajas tasas de natalidad y de mortalidad, transición que está ocurriendo mucho más aceleradamente en los países en desarrollo que en los países desarrollados. Una eficaz respuesta a las necesidades, expectativas y derechos de las personas de edad requiere que se adopten medidas para: La Orden Bonaria, aboga por incorporar las cuestiones relativas al envejecimiento en la agenda de desarrollo, prestando especial atención a las necesidades de los ancianos pobres y excluidos, especialmente las mujeres. Los estudios por países refuerzan esa conclusión. En el Brasil, un 25% de los nacidos en 1970 son pobres. Si la fecundidad se hubiera mantenido a los altos niveles existentes a comienzos del siglo, aquella proporción habría sido del 37%. La reducción en la pobreza equivale al adelanto que se habría obtenido con un incremento anual del 0,7% en el PIB per cápita MENOS GASTOS, MÁS OPORTUNIDADES El efecto de redistribución positiva dimana en primer lugar de un crecimiento más lento en los desembolsos destinados a satisfacer las necesidades básicas y la educación de los niños y, en segundo lugar, de las mayores oportunidades de que disponen los hogares pobres para aumentar su contribución laboral, su ingreso y sus ahorros. El aumento global del consumo ayuda a los hogares pobres dado que incrementa la demanda de mano de obra, la cual a su vez eleva los salarios, incluso para las familias cuya propia fecundidad no disminuye. El crecimiento más lento en la fuerza laboral rural reduce la demanda de tierras (reduciendo el costo de éstas y frenando la fragmentación insostenible de las parcelas). DIFERENTES ETAPAS DE LA TRANSICIÓN Los efectos varían en diferentes etapas de la transición desde altas hasta bajas tasas de fecundidad y de mortalidad. Al principio, cuando la mortalidad declina y es mayor el número de lactantes y niños que sobreviven, aumentan los gastos para subvenir a las necesidades de la niñez y se hace más lento el crecimiento económico. A medida que va declinando la fecundidad y que se hace más lento el crecimiento de la población, aumenta el crecimiento económico El aumento de la desigualdad en las etapas iniciales de la transición demográfica tiene un efecto particular sobre quienes están cerca de la pobreza. Basta con una pequeña reducción en los recursos o un pequeño aumento en las necesidades para empujarlos por debajo del límite de pobreza. Además, las altas tasas de fecundidad parecerían tener mayor efecto sobre la profundidad que sobre la frecuencia de la pobreza. FACTORES DE APOYO Los cambios demográficos interactúan con los mercados, las instituciones y las políticas gubernamentales. Los efectos de la declinación de la fecundidad sobre la pobreza serán más fuertes si los mercados laborales y los sistemas escolares funcionan correctamente y los padres y madres están dispuestos a efectuar inversiones en la educación de sus hijos. Las políticas sociales y económicas tienen importancia. Combinadas con el acceso a los servicios de salud reproductiva y la información al respecto, pueden acelerar la reducción de la pobreza. A medida que va cambiando la estructura de edades, las cambiantes oportunidades para las mujeres refuerzan los efectos del dividendo demográfico. La participación femenina en la fuerza laboral también contribuye al crecimiento económico, particularmente cuando los salarios son equitativos y la declinación de la fecundidad está vinculada al mayor número de mujeres que tienen empleo. Los mayores niveles de educación de la mujer y la creciente demanda de mano de obra en el sector estructurado de la economía cuando ésta se desarrolla incrementan el "costo de oportunidad" de la alta tasa de fecundidad: al tener mayor cantidad de hijos, las mujeres pierden ingresos y otras oportunidades. Los más altos niveles educacionales y la disminución de las tasas de fecundidad pueden combinarse en un circuito de retroalimentación positiva, en que la fuerza laboral aumenta más rápidamente que la población en edad activa. EFECTOS SOBRE LOS POBRES DE LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA Los efectos de la transición demográfica difieren para diferentes grupos. Las parejas más pobres, actuando en función de sus percepciones acerca de las mejores estrategias de supervivencia y éxito, comienzan a tener hijos tempranamente, tienen mayor cantidad de hijos, más cercanos entre sí y tratan de sobrecompensar así la alta tasa de mortalidad en la niñez. NORMAS SOBRE EL TAMAÑO DE LA FAMILIA Las relaciones entre el número de hijos y el bienestar de la familia no son solamente cuestiones de opción y comportamiento individual. Las opciones son afectadas por las normas sociales, los patrones de relaciones entre hombres y mujeres, las políticas públicas y las instituciones. En el pasado, las familias numerosas eran la norma. Una vez que la mujer había contraído matrimonio, su fecundidad no era una opción. Una mujer con muchos hijos varones era objeto de respeto y disponía de seguridad: se percibía que los hijos varones (y en menor medida, las hijas) eran bendiciones. Se los necesitaba debido a sus contribuciones económicas o su ayuda al hogar, para que se ocuparan de sus progenitores en la ancianidad y para que realizaran prácticas culturales. En la actualidad, esos factores de justificación están perdiendo fuerza. Las familias más numerosas agotan la capacidad de los pobres para mantener a sus hijos. Sean cuales fueren las economías de escala que proporcionan - por ejemplo, compartir espacio en la vivienda o ir pasando la ropa de los hijos mayores a los menores, - éstas quedan canceladas por el aumento de los gastos y la competición para obtener escasos recursos. (En las familias cercanas al límite de pobreza, más del 70% del ingreso para el consumo se dedica a los alimentos). A medida que los gobiernos tratan de cobrar honorarios y obtener ingresos por concepto de diversos servicios, inclusive los de educación, salud y transportes, las desventajas de los pobres van en aumento. Los pobres carecen de educación en general y de educación sobre salud en particular. También carecen de acceso al tratamiento de las enfermedades y a fondos para la atención. La declinación de la mortalidad comienza para los pobres más tarde que para las personas en posición más desahogada. El incentivo de los pobres para reducir la fecundidad es aun más tardío. Esas demoras imponen mayores cargas a los pobres. En los hogares que tienen escasos bienes, hay mayor riesgo de malnutrición cuando los intervalos entre nacimientos son menores de dos años. Los perjuicios causados a la salud y la educación son de considerable magnitud . OPORTUNIDADES PERDIDAS Al contar con mejor atención de la salud, servicios mejores y más accesibles, más educación y más amplias opciones para las mujeres, en muchos países millones de personas han optado por tener familias más pequeñas. Los pobres han perdido esas oportunidades. No disponen ni de la información ni del apoyo que habría posibilitado que reconocieran los cambios a favor de familias más pequeñas y efectuaran mayores inversiones en la salud y la educación de un menor número de hijos. En consecuencia, esperan beneficios que ya no aportan las familias más numerosas; por ejemplo, ingresos por el trabajo infantil. Los pobres siguen necesitando el "efecto de seguridad" que solían proporcionar las familias numerosas, aun cuando en la actualidad los hijos tienen muchas más probabilidades de sobrevivir hasta que sus padres y madres sean ancianos. En las familias pobres, las mujeres y las niñas, que participan poco en la adopción de decisiones y la asignación de recursos, son quienes cargan con los costos más altos de las altas tasas de fecundidad, pero no se benefician con los adelantos inmediatos cuando la fecundidad disminuye. Las mujeres y las niñas tienen menos probabilidades de cuestionar las condiciones que restringen su acceso a los servicios de salud reproductiva y a la información al respecto. Los pobres necesitan inversiones que fortalezcan los servicios y las instituciones e incrementen las oportunidades para todos, en particular para las mujeres. Esas inversiones promoverán una salud mejor, posibilitarán que los padres y madres tengan el número de hijos que desean, alentarán mayores disminuciones en la fecundidad deseada y posibilitarán mejores opciones educacionales y en la vida. El proceso apresurará la acumulación del "capital humano" necesario para un desarrollo acelerado y sostenible. El reto es velar por que los pobres tengan acceso a esas oportunidades.
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